EXISTE EL PAIS DE LAS HADAS?
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Al principio de los tiempos, los hombres y las hadas compartían un mismo medio. Luego llegaron los avances técnicos, la civilización, el ruido y las carreteras. Poco a poco el hombre se fue alejando de la naturaleza, y también de las hadas, que se vieron obligadas a refugiarse en otros lugares. Así, unas asentaron sus reinos bajos las colinas o dentro de cuevas, otras construyeron palacios de cristal bajo los ríos o en el interior de los océanos, otras se escondieron en las fuentes, otras entre los bosques, separando su mundo del de los hombres y rompiendo paulatinamente toda comunicación.
No tuvieron mal gusto las hadas para ir a refugiarse, pues escogieron el norte de Europa, sobre todo las costas y lagos escoceses, las colinas irlandesas, los bosques daneses, incluso zonas del norte de Francia. Con esto no quiero decir que no las podamos encontrar en otros lugares, sólo que la mayoría de los relatos de hadas se sitúan en estas zonas.
No faltan los testimonios que aseguran la existencia del País de las Hadas. Frente a las costas de Gales, cuentan los marineros que existe un reino famoso por sus palacios de cristal, conocido como la Isla de Cristal. Este lugar de gran belleza dicen que sólo se puede apreciar desde los barcos, porque su visión aparece y desaparece entre la niebla.

En muchos relatos la localización queda mucho menos definida. En algunas zonas de Irlanda se asegura que, en ocasiones, una neblina oculta ciertas zonas del bosque y, si uno se fija con atención, puede estar asistiendo a un cortejo de hadas, presenciando su desfile, especialmente algunos días del año, como la Noche de San Juan. Esa noche abundantes testimonios afirman que han presenciado una cabalgata. Primero escucharon las músicas de los festejos, detrás un séquito de caballos pasaba ante sus ojos y, a través de la neblina, veían a estos seres que aparecían y desaparecían, todo rodeado de una luz muy suave. De repente la neblina se disipaba y estas imágenes desaparecían de la misma manera que aparecieron.
Otros relatos vienen a insistir, sin embargo, en la existencia de un mundo paralelo al nuestro, como si hubiera otro mundo en nuestro propio mundo, pero en otra dimensión. En estas narraciones se cuenta cómo un ser mágico le pide a un mortal que lo siga y éste obedece. Empiezan a cruzar las calles del pueblo, pero de pronto, y ante la sorpresa del mortal, se encuentra en lugar desconocido, en el que nunca había estado antes.
Pero hay un lugar, la Isla de Avalon, donde muchos relatos insisten que se encuentra el País de las Hadas. Avalon, en galés Avallach, significa tierra de las manzanas. En gran cantidad de leyendas célticas, y en especial las artúricas, era una isla mítica. Para los celtas ésta era una isla paradisiaca, sobrenatural, invisible para los ojos de los mortales, donde no había llegado aún la tradición cristiana y en la que los sacerdotes eran especialistas en artes curativas y mágicas. En la isla de Avalon, o isla de las manzanas, no existía el tiempo, la enfermedad, el frío, el sufrimiento o el dolor.
Las manzanas simbolizaban la eterna juventud y el lugar que aguardaba a los héroes, por eso éste fue el sitio elegido por el rey Arturo como residencia y al que llegó mortalmente herido antes de morir. También cuenta la tradición que en este lugar se encuentra el cuerpo incorrupto de José de Arimatea, que llegó allí con el Santo Grial.
La isla de Avalon es la isla de las hadas; la isla donde se refugió Morgana huyendo de la corte; la isla en la que se forjó Excalibur, la espada del rey Arturo; la isla en la que vivía Elaine de Corbenic, la madre de Galahad, único caballero que alcanzó la posesión del Grial, y donde también vivía Nínive, encargada de educar a Lanzarote.
Allí llegó Arturo mortalmente herido, y allí lo recibieron las tres mujeres, llorosas y vestidas de negro, que le hicieron los honores. Allí, el lugar mítico del País de las Hadas.
Sea este lugar o cualquier otro, las crónicas, relatos y leyendas coinciden en describirlo como un sitio parecido al nuestro, con islas, bosques, mares, lagos, fuentes, colinas, cuevas, pero habitados por seres con apariencia humana con reglas y poderes diferentes. A estos seres con apariencia humana y que no lo eran, coincidieron en llamarlos hadas o ninfas, duendes o elfos, o simplemente "ellos", y al lugar lo llamaron "El País de la Eterna Juventud", "el Reino de las Hadas" o "el Otro Mundo". También contaron que allí descubrieron a humanos, niños y mujeres que habían sido raptados, niños que por curiosidad habían llegado allí, gaiteros que los acompañaban con la música, hombres atraídos por las bellas mujeres.
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Y, ¿CÓMO CONTARON QUE ERA EL PAÍS DE LAS HADAS?
Todos insistieron que se encontraron en un lugar idílico, tanto, que cuando las hadas aún no se habían alejado de nosotros, muchos hombres valientes vivían en la frontera de estos reinos para disfrutar de su medio. Algunos no se atrevieron a cruzar la frontera, pero encandilados por el terreno, vivían próximos a ellas y se negaron a volver.
En sus tierras no conocen ni el frío ni el calor, las sequías ni las heladas. El clima es templado, lo que propicia una vegetación variada, árboles frondosos, frutales colmados de fruta, jardines con flores de todos los colores y un aroma suave y delicado. Dicen que de día el sol luce de modo deslumbrante, de noche el brillo plateado de la luna ilumina la oscuridad. No conocen la enfermedad y el tiempo transcurre lentamente, tan lento, que casi se diría que no transcurre, por eso no se envejece, o se tarda mucho en envejecer. Según confesó en una ocasión un hada a un mortal, un día en este reino equivale a un año mortal.
Muchas historias tratan de explicar la equivalencia del tiempo entre el País de las Hadas y el nuestro, como la siguiente:
Hace muchos años un hombre fue raptado por las hadas y lo llevaron a su país. Como las hadas son generosas lo aceptaron bien, pero el hombre añoraba el lugar y las gentes que conoció. Un día fue tal la tristeza y la añoranza de su tierra que el hombre decidió escapar. Las hadas hicieron lo imposible por evitarlo y el hombre tuvo que superar muchas pruebas. Cuando ya las fuerzas casi le abandonaban se dio cuenta que lo había conseguido y que por fin había llegado al sitio que lo vio nacer, pero no lo conocía. Todo había cambiado. Llamó a las puertas de viejos amigos, pero nadie le abría, acudió a la casa donde había vivido durante años, pero ya no estaba, otra más moderna ocupaba su lugar. Sin él esperarlo habían pasado cientos y cientos de años de su partida y ya nadie lo conocía.



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